Los Premios Quirino de la Animación Iberoamericana han celebrado su novena edición en Santa Cruz de Tenerife, del 15 al 17 de abril. Además de la tradicional gala de entrega de galardones —en la que este año se impuso ‘Decorado’, del español Alberto Vázquez, como Mejor Largometraje— el evento ha vuelto a organizar una serie de actividades paralelas destinadas a los profesionales del sector. Entre ellas, sobresale el Laboratorio de Futuros, iniciativa que nació en 2025.
Conocido como ‘Laboratorio de Futuros: El nuevo pacto para el futuro de la animación iberoamericana’, se trata de un foro estratégico impulsado por los Premios Quirino en colaboración con la Fundación Ortega-Marañón que busca fortalecer un ecosistema sostenible, innovador y competitivo para el sector a través del diálogo y técnicas como el brainstorming.

El 16 de abril tuvo lugar una nueva sesión del Laboratorio de Futuros —‘Nuevos modelos de financiación y distribución’—, centrada en los cambios que atraviesa hoy en día la animación en materia de inversión, distribución y generación de IPs. Además de repasar el trabajo desarrollado en el último año —presentación en MONDIACULT 2025, primera edición de Quirino Lab y edición brasileña del Laboratorio de Futuros, celebrada en São Paulo a principios de marzo—, el encuentro incluyó una mesa redonda sobre financiación de proyectos a través de activos digitales y la construcción de comunidades como motor de inversión, con la participación de Sherry Gunther Shugerman (HEEBOO / ‘Claynosaurz’) y Bobbie Page (Glitch).
Finalmente, la jornada se completó con una serie de dinámicas de trabajo en grupo y una puesta en común de ideas coordinada, una vez más, por Federico Buyolo, director cultural de la Fundación Ortega-Marañón, quien fue el encargado de dar forma a las conclusiones derivadas del laboratorio en presencia de los asistentes a estos Premios Quirino 2026.
Fortalezas y debilidades
Los resultados esta segunda edición del Laboratorio de Futuros ponen de manifiesto una paradoja: la animación iberoamericana basa su pujanza en el talento, la diversidad y su capacidad creativa, pero en este momento opera en un contexto de debilidad estructural y desajuste estratégico que dificulta su desempeño en un entorno cada vez más competitivo.
Los tres grupos en los que se dividieron los profesionales de la industria que participaron en esta actividad identificaron cinco problemas recurrentes: falta de financiación, fragmentación de audiencias, dependencia de plataformas externas, rigidez en los modelos de producción y creciente desconexión entre los tiempos de la industria y los del consumo contemporáneo.
Crisis estructural del modelo tradicional
Los asistentes coincidieron en que el modelo económico de la animación está en quiebra o transición profunda, como demuestran la caída del valor de los derechos, la desaparición de los mínimos garantizados y el declive de la televisión lineal.
Entre las denuncias más frecuentes, figura que la financiación continúa siendo insuficiente, fragmentada y lenta, especialmente en el caso de los nuevos formatos. Por otro lado, la fórmula de la coproducción, aunque necesaria, sigue considerándose demasiado compleja como consecuencia asimetrías económicas y culturales entre Europa e Iberoamérica.
Desajuste entre producción y audiencia
El laboratorio también dejó patente que existe una ruptura entre los tiempos de producción tradicionalmente dilatados del sector y la creciente velocidad del consumo por parte de unos públicos cuyos comportamientos no dejan de cambiar.
Mientras que las audiencias están cada vez más hiperfragmentadas y el concepto de «segmento» ha dado paso al de «comunidad», la industria sigue produciendo con lógicas antiguas (horizontal, masivo) frente a los nuevos consumos (vertical, digital, fandom), debido a que el conocimiento de sus espectadores no es tan profundo como debería.

Dependencia externa y pérdida de control
Otro de los principales objetos de debate fue la excesiva dependencia de plataformas, algoritmos y tecnologías externas —la mayoría de ellas anglosajonas— que redefinen las reglas del sector de la animación sin transparencia.
Un buen número de participantes alertó de la falta de soberanía de la industria iberoamericana a nivel de distribución, datos de audiencia y monetización, con el surgimiento de plataformas propias y modelos direct-to-consumer como solución.
La necesidad de métricas fiables sobre las que construir
Si bien el broadcasting tradicional genera cada vez menos valor y el entorno digital representa el futuro, el funcionamiento de este nuevo ecosistema está sujeto a los algoritmos cambiantes de las plataformas que dominan la escena. «Han destruido nuestros cimientos y lo que necesitamos ahora son nuevas métricas vinculadas al impacto de la animación en la sociedad«, señaló Yago Fandiño, director de contenidos infantiles en RTVE, durante su intervención en el laboratorio.
El modelo basado en la publicidad ya no funciona y la inestabilidad que define estos tiempos impide trazar previsiones a futuro, lo cual se traduce en que los distribuidores se arriesgan menos a comprar animación, dado que no saben si van a capitalizar su inversión. «El termómetro de esta industria es Francia, y su modelo se ha roto», sentenció Fandiño.
En un contexto de audiencias que no dejan de fragmentarse más y más, producir para públicos de nicho se aparece como una vía más interesante para generar valor que hacerlo con una vocación masiva. Pero hay un problema: no existen esas métricas determinantes para conocer cuáles y cómo son esos espectadores de nicho, y si es rentable producir para ellos. En palabras de Yago Fandiño, «antes, todos nos sentábamos juntos para ver lo mismo, pero hace ya mucho tiempo que esto no es así. Pienso que ‘Bluey’ será uno de los últimos grandes éxitos con carácter mainstream entre el público preescolar.»
Solo si escucha a sus audiencias, la industria de la animación será capaz de elaborar productos que resulten atractivos para ellas. «Hay que escuchar a los fans y construir sobre lo que la comunidad nos pide; esta es la clave. Los anglosajones lo saben, y por eso consiguen éxitos más acordes al marketing global», remarcó Fandiño. «Tenemos que pensar más allá del audiovisual y trabajar sobre IPs de distintas procedencias, y es que la industria del videojuego demuestra que la gente está dispuesta a pagar por el contenido. También está ahí el ejemplo del género ‘romantasy’ en literatura, que está viviendo un auge en español gracias a que sus autoras han sabido conectar con su base de seguidoras. En esto debemos fijarnos.»
Hacia una nueva mirada
Según explicó Buyolo durante la clausura del encuentro, «el verdadero cambio no es técnico ni económico, es de mentalidad. Es decir, se debe pasar de pedir espacio, a ocuparlo; de adaptarse a otros modelos, a definir los propios; de resistir, a activar. Este pacto no puede ser solo una red de apoyo: debe ser una declaración de poder cultural.»
Durante los últimos años, como ocurre en otros ámbitos de la cultura, el sector ha operado desde una lógica de resistencia: justificar su valor, reclamar su espacio, adaptarse a estructuras ajenas, etc. «Pero esa posición, aunque comprensible, es del todo insuficiente para el tiempo que vivimos», aseguró Federico Buyolo. «No se trata de proteger un modelo en crisis, sino de activar el potencial transformador de la animación iberoamericana, que no hay ninguna duda de que lo tiene.»

Los tres grupos de discusión apuntaron hacia ese cambio: la necesidad de construir comunidades en lugar de audiencias masivas, de generar vínculo, de repensar formatos, de desarrollar plataformas propias y de trabajar desde la colaboración. «La animación no es un subsector del audiovisual, sino un lenguaje central en la construcción de imaginarios contemporáneos. Su capacidad para conectar con las nuevas generaciones, articular identidad y generar universos narrativos la sitúa en una posición estratégica para el futuro de la cultura en Iberoamérica y en todo el mundo», reivindicó el propio Buyolo.
Así, el pacto de la industria de la animación iberoamericana propuesto este año desde el Laboratorio de Futuros debe entenderse como un acto de activación cultural: no se trata solo un acuerdo sectorial, sino de una reconfiguración del papel de la animación en la sociedad, capaz de generar valor económico, cultural y social de manera integrada.



