Mientras elei se derrite literalmente de calor —un par de estas más, y servidor se lo piensa en serio—, pues eso, mientras por aquí nos licuamos, se van desvelando los misterios del culebrón de la década. Esta ciudad cada vez se parece más a Death Valley, y no lo digo solo por el freaking scorching sun, sino por los dead bodies y el futuro que se dibuja.
Los Ellison han dejado ya sus primeros cadáveres. Los 6.000 millones en sinergias han tardado horas en ser algo menos. Desde hoy ya se ahorran los sueldos del CEO y del CFO de Warner Bros. Discovery; el del responsable de Revenue & Strategy; los de los copresidentes y coCEOs de Warner Bros. Motion Picture Group —que deben de ser A listers porque ha sido el propio Ellison quien los ha despedido—; y, por supuesto, alguno más, en solo una semana o así. No está mal. Los primeros han sido los jefazos, ahora vienen los curritos. Por cierto, por aquí por el barrio llaman al nuevo monstruo ‘WarnerMount’; seguro que a The House of Ellison no le hace gracia; a mí me saca una sonrisa.
Lo mejor del final de temporada tiene que ver con Hollywood y con geopolitics —¡otra vez! No me lo esperaba, tbh—. Ahora resulta que los problemas de incontinencia del futuro candidato demócrata a la Casa Blanca —y actual gobernador de California— son la clave del último episodio del culebrón Warner-Paramount. Casi como suena. Gavin se meó en los pantalones con el órdago de llevarse todo Paramount a Tennessee —antes habían dicho Texas y Georgia—. Al pobre Newsom los Ellison le hicieron una estilo orange muppet, y se la tragó enterita. No le veo yo compitiendo en los playoffs en Washington, no le da.
Lo que dicen las calles: el Attorney General Bonta quería desmembrar la estructura, vender activos y separar propiedades, y estaba en ello, pero el gove de California le paró los pies. Gavin no solo se tragó la posible mudanza a Tennessee del imperio Ellison —very-very bad para su imagen en California—, sino que le condiciona algo más importante: Newsom necesita el big-big money de los Big Tech bros si quiere llegar a la White House y, claro, la posibilidad de enfadar a toda la broligarchy de una antes de empezar la carrera le pareció mal y paró el carro.
Por su parte, los todopoderosos sindicatos se olvidaron de que esto termina como Death Valley y se conformaron con estirar un poco sus pensiones y seguros médicos. Así que nada, las carcajadas de detrás de la puerta con las que abría la anterior columna venían de todo este circo. Yo también me estaría partiendo si fuera villano.
Una vez aclarado el misterio de por qué los recién bautizados WarnerMount se marchan al final con mucho más de lo que esperaban, el resto de la actualidad de la ciudad de los sueños mantiene el subtexto: miedo y necesidad política. Así de mal está esto.
Pese al decline evidente, en todas las historias de caídas de imperios siempre hay momentos de resurrección, que suelen suponer, al final, una caída mucho más dura; veremos cómo va la cosa en esta trama. Debería titularla The Sting —El golpe—, pero lo voy a dejar en El primo. Allá vamos:
En los últimos días, los cerebros de la ciudad de los sueños han conseguido que the orange muppet se sentara con ellos sin pensar ni una vez que estaba escuchando a ‘los liberales de Hollywood’. Sip, como suena. A pesar de estar en extinción, jolibud sigue sabiendo cómo contar historias y cómo manipular a su audiencia, incluido el wannabe emperor.
Para tener una idea de cómo se la han jugado al señor naranja sólo hay que recordar a Robert Redford y Paul Newman en ‘El golpe’ —la que le lían a Mr. Robert Shaw, que hace de malvado arrogante, vengativo y violento—. Pues lo mismo. Hollywood ha hecho encaje de bolillos para conseguir que el muppet apoye una política de incentivos fiscales nacional para Hollywood. Eso mientras les pide a los iraníes que bombardeen elei. No me jodas. Una vez más el término ‘contradicción’ se queda corto.
El principal protagonista del golpe fue el actor Jon Voight —el de ‘Heat’ y ‘Misión: Imposible’, entre otras—, uno de los escasísimos habitantes de elei que puede entrar en Mar-a-Lago y contarle el problema a Trump sin que le saque seguridad. En paralelo había otras dos operaciones: una empieza en jolibud; la otra termina en el di-si.
Además de visitar Mar-a-Lago y la Casa Blanca durante meses, Voight y los productores Steven Paul y Scott Karol hablaron en Hollywood con estudios, sindicatos, guilds y productores para preparar –todos a una– el pitch de Washington en busca de ayudas para la industria de los ‘rojos esos’ —aquí tengo que adaptar, sorry: en el lenguaje del imperio son ‘azules’—.
Lo primero que le demostraron al muppet es que ‘otros’ le están ‘robando’ a América sus producciones. No me digáis que no tienen arte estos. Y aquí ya toca un WTF! No vamos a decir que somos nosotros los que nos vamos a rodar fuera, ¿no? El discurso era algo así como que ‘el enemigo europeo, canadiense y australiano’ se había organizado para destruir la industria americana. El wannabe emperor se lo tomó fatal y se puso bravo: el primer plan incluía incentivos fiscales, coproducciones, ayudas a infraestructuras, un inquietante American cultural test para decidir a qué pelis iban las ayudas, y hasta posibles castigos a las producciones rodadas fuera de Estados Unidos. El muppet se gustó en su making showbiz great again, se puso bestia y anunció un arancel del 100 % para todo lo que se rodara fuera. Imaginad las caras de los asistentes.
Hollywood, por supuesto, entró en pánico y comenzó la segunda parte del golpe: quitarle el lanzallamas al muppet y sustituirlo por el crédito fiscal federal que llevaban años reclamando.
El actor Jon Voight abrió la puerta más complicada; Sean Astin —el de ‘Los Goonies’— y el presi de un supersindicato jolibudiense —Sean O’Brien— se fueron a wasintón y vendieron a todo el espectro político una historia de redención: “No venimos a pedir dinero para las estrellas liberales de California; venimos a recuperar empleos americanos para gaffers, camioneros, carpinteros y pequeños negocios en los cincuenta estados”. No sólo han convencido a la clase política; el muppet lo compró todo-todito y pensó que eso serían futuros votos republicanos en jolibud y que él sería el único salvador de una industria que lleva años criticando y utilizando.
A finales de septiembre llegó el proyecto de ley: un crédito fiscal del 20 %, ampliable hasta el 30 % –que se suma al de los estados– sin arancel ninguno y sin el cultural test ese que decide qué pelis entran o no. Si el Congreso lo aprueba —y va a ser que sí—, el orange muppet queda como el salvador de Hollywood y Hollywood se queda con la pasta. Lo que os digo, en vez de ‘El golpe’ es más ‘El primo’, y ya veremos cómo colea.



