
Una columna de Daniel Cubillo.
Cuando me mudé a esta ciudad hace 12 años era normal ver uno o dos rodajes en cada desplazamiento. Vas al súper, rodaje; vas al médico, rodaje; vas a currar, rodaje (¡o dos!). No matter what part of town, lo normal era ver entre una y tres producciones cada vez que te subías al coche. Llegas de noche a casa, vas a aparcar donde siempre y ves que está prohibido los próximos tres días por un (en este caso lleva el adjetivo “puto”) rodaje.
Cuando sacas al perro, el dueño del perro de al lado es el jefe de desarrollo de la productora de Hulk Hogan. Tu vecina de abajo es la jefa de casting de Endemol USA; el de arriba, un agente de William Morris Endeavor. Tres de los cuatro vecinos del edificio están en el negocio. Si vas a Best Buy te encuentras en la caja a Stevie Wonder. Si un sábado madrugas para hacer recados con tu hijo, el único coche que para a tu lado en ese desierto semáforo en North Hollywood es Jay Leno, con quien compartimos risas y semáforos rojos por dos millas. Si se te ocurre ir a un grupo de AA (sí, de esos, los de los 12 steps), el tipo a tu lado escribió ‘Arde Mississippi’. Si vas al cine con tu chica, se sientan detrás de ti J.Lo, Ben y los niños. Un “puto” sueño. Esa fue mi impresión a pesar de los homeless y Skid Row. Esta ciudad sudaba storytelling por cada poro.
Para cualquiera de nosotros ‘non USA storytellers’, la realidad de Los Ángeles hace 10 años nos hubiera aplastado. Yo nunca imaginé un sitio donde la mayor parte de la población tiene el mismo defecto de fábrica que yo: mueren por contar historias en una pantalla. Y saben un huevo de eso. Solo poder estar aquí, rodeado de esta energía creativa, era un privilegio. Ahora es historia.
Hoy nada de eso ocurre. La semana pasada vi un rodaje, y llevaba al menos tres meses sin ver uno. El complejo de CBS en el 7800 de Beverly Blvd (prime location, let me tell you; ahí se hacía desde ‘El Precio Justo’ hasta Carol Burnett, pasando por Bill Maher o ‘American Idol’)… bueno, pues la mayor parte de ese solar es ahora un parking de Waymo (sí, los Ubers esos que se conducen solos). A este paso, los legacy media terminan como la Iglesia en España, haciendo dinero con el suelo y no con las almas. ¡Momento de tomar nota, amigos del extrarradio madrileño!
Ver a CBS ganándose unos dólares con el empty parking lot tiene su gracia; ver los kilómetros y kilómetros de locales cerrados no tiene ninguna. La caída del imperio se nota de verdad en los barrios de las afueras. Lo que eran pequeños y medianos negocios que servían a la industria han desaparecido uno detrás de otro.
Los negocios de servicios al audiovisual han cerrado, los profesionales se han ido o se han reciclado. Endemol se convirtió en Banijay, Banijay se fusiona con All3Media y, entre todo esto, mi vecina, la jefa de casting de Endemol USA, se muda a Texas a hacer no recuerdo qué, pero no TV, eso seguro; el jefe de desarrollo de Hulk Hogan y su perro son agentes inmobiliarios en Joshua Tree; la productora ejecutiva de ‘La Voz’ vive en el Este y se dedica también a la compraventa de pisos. Del grupo de amigos/compañeros que éramos (todos en esto de contar historias) quedamos en L.A. menos del 20 %, y una parte de ese porcentaje ya no cuenta historias.
Donde se respiraba ‘negocio’ en cada conversación, bar, restaurante, parque o sauna, ahora se respira incertidumbre. No ‘terror’ como cuando llegó el Covid y comenzó de verdad la caída, but still some fear. Los Ángeles ya no es el hervidero de locos creativos, profesionales como la copa de un pino (o lo contrario), aventureros o buscavidas del audiovisual. Nope. Hollywood se ha convertido en el lugar donde se corta el poco bacalao que hay, pero no se cocina casi nada. Al menos, casi nada de lo que está en el menú del ‘entretenimiento tradicional’, y mucho menos del menú del ‘nuevo entretenimiento’.
Sí, la ciudad ha cambiado, pero —y esta es otra característica de esta ciudad— aquí se sigue inventando casi todo. Desde mi palco llevo tiempo viendo cómo algunos cuenta-cuentos han dado con fórmulas que se ríen de Hollywood, de Wall Street, de las fusiones y de todos nosotros, esclavos del ‘modelo tradicional’. Pero hoy no toca hablar de ‘disruptores del modelo’, eso en otra entrega. Hoy va de los pesos pesados del negocio.
Una de las líneas argumentales que más me ponen de los current times es la de “¿cómo se va a adaptar Hollywood a estos cambios?” A ver quién niega que la trama promete. Vamos con el caso de estudio de hoy, recién cocinado.
Más allá de monetizar los aparcamientos, los legacy media se empiezan a buscar la vida en eso del ‘entretenimiento del futuro’, con resultados variados. A Disney se le cayó estos días el negocio que tenía con el monstruo tecnológico OpenAI. Los del machine learning business han decidido cerrar Sora, la plataforma de vídeo generativo de IA con la que todos íbamos a poder crear contenido con los personajes de Disney. Sí, el primer gran contrato de character licensing de los tiempos modernos, el acuerdo para que todos los habitantes del planeta hagamos vídeos con Donald sin delinquir, se ha ido a la basura.
El sueño del user-generated-content con IP se muere antes de nacer. Pero lo mejor de todo es que el mayor estudio del mundo firma un acuerdo de mil millones con una empresa tecnológica… y esa empresa decide cerrar el producto clave sin previo aviso, sin negociación, sin “notes call”, sin desarrollo. Nada. Apaga y vámonos. Debe ser la primera vez que un legacy outlet recibe una dosis así de alta de su propia medicina. A servidor le hace gracia este fact, qué le voy a hacer. Si este es el ejemplo de ‘adaptación’ a los tiempos modernos, no les ha salido nada bien. Esto es un cambio de jerarquía brutal.
Como efecto secundario, en el sindicato de actores SAG-AFTRA están todavía de fiesta. No se lo pueden creer. Para cuando se les pase la resaca habrán nacido otras diez ideas con AI, y tendrán otros diez motivos para preocuparse. El capítulo de cómo se adaptan los diferentes players del negocio va a ser tan interesante como el de los big legacy media.
Creo que estamos bien servidos de subtramas para esta temporada. Nunca planeé ni soñé con venir a Hollywood, y mira por dónde la vida me ha regalado un asiento de tribuna para ver la caída de ambos imperios en directo. Disney, el mayor símbolo de control industrial en el entretenimiento global, es un ejemplo del caos reinante: cambio de liderazgo, cambios de rumbo y descontrol absoluto. Nadie tiene claro cuál es el siguiente movimiento ganador. La compañía que definió el modelo de IP, franquicias y explotación global durante décadas hoy no acierta con la estrategia, el streaming no le da los márgenes prometidos y los parques de atracciones son los que mantienen las cuentas. “Ojito con la adaptación”, que diría la señora Encarna (o sea, mi madre, más de La Mancha que todo Almodóvar junto).
Una cosa buena sale de todo esto: los storytellers o tech nerds que iban a trabajar en la plataforma Sora no serán nunca despedidos, nunca tendrán que dejar la ciudad, y pueden empezar a estudiar para agentes inmobiliarios ya mismo. Para los que no podemos hacer otra cosa que contar historias, el panorama se va a poner aún más raro. No nos queda otra que adaptarnos, pero, al fin y al cabo, nos llevamos adaptando toda una carrera. Seguro que lo hacemos mejor que Disney, so far.



