Nadie es ilegal. Nadie es anónimo

Por Fernando Fernández Aransay, de Aransay | Vidaurre Copyright & Image Lawyers.

Nadie es ilegal.

No puede decirse de nadie que sea ilegal, nunca y en ningún lugar, menos desde la aprobación de la Declaración Universal de los Derechos Humanos (DUDH) por la Organización de las Naciones Unidas en 1948, suscrita por la práctica totalidad de los Estados en que se reparte el mundo. Podrá serlo alguna circunstancia extrínseca a la persona, como la de su permanencia en Estados distintos del propio, pero nadie, absolutamente nadie, es ilegal.

Nadie es anónimo.

La interpretación de la DUDH, que reconoce la igual dignidad y el reconocimiento a la personalidad jurídica de todos, provee irrefutable sustento a esta natural afirmación.
Todos tienen derecho a un nombre propio.

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En nuestro ordenamiento jurídico este derecho es consagrado no solo por la DUDH (que forma parte de él con plenos efectos), también lo afirma la Constitución. De esta deriva el nombre como parte integrante del derecho fundamental al honor, a la intimidad personal y familiar y a la propia imagen recogido en la Ley Orgánica 1/82 del mismo título. El colofón lo otorga el derecho a un nombre que expresamente estatuye la Ley del Registro Civil.

El derecho al nombre es, por ley, irrenunciable, inalienable e imprescriptible. Nadie puede abdicar de su nombre (aunque sí cambiarlo) y nadie puede ser privado de él. Son prohibiciones absolutas. Esto es no solo un dictado de las leyes que la humanidad moderna se ha otorgado a sí misma (la DUDH es su cimiento), sino también del más elemental sentido de la decencia.

Por eso duele amargamente ver cómo de continuo los medios de comunicación hablan de ciudadanos anónimos. Tal aserto, execrable fruto de la pereza y de la ignorancia inexcusable, es además una clara, aun si lata, conculcación del derecho que acabamos de citar.

huellaSe dirá que exageramos, que tan solo se usa anónimo por sustitución de desconocido, pero la sinonimia también tiene sus normas. Valga por desconocido incógnito, ignoto, secreto, como bien señala la Real Academia, pero no anónimo. No hay justificación para que ninguno de nosotros, mucho menos quienes tienen la comunicación y la información por profesión, atropelle a los demás.

Negar el nombre a un ser humano es despojarlo de un elemental atributo de su innata y constante dignidad. Uno de los primeros crímenes de cualquier régimen de terror es la deshumanización del prójimo. La supresión del nombre, o su sustitución por alguna otra alusión indeseable, como un número (incluso tatuado en el brazo), un apodo detestable o un vocablo afrentoso es fácil alimento del desprecio por los demás que desemboca en espantosos abismos.

Nadie es anónimo… salvo cuando decide ocultar su nombre en relación con obras de propiedad intelectual, pero no será por despojo o abandono (¡ninguno cabe!) del derecho de la personalidad, sino justamente por el ejercicio de otro, el de no acompañar con el nombre propio nuestras creaciones. Lo veremos en el próximo artículo.

Todos debemos, a diario, respetar la dignidad de los demás. Nadie es ilegal, nadie es anónimo.

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