En las pasadas 72 horas he tenido una experiencia de peli de máquina del tiempo. Esa es otra característica de esta ciudad, en elei te mueves por el space and time como si tu Uber fuera el DeLorean. Depende de por dónde vayas, cuenta con ver cosas de otras épocas en una de cada tres esquinas. Yo solo pillo Uber-DeLoreans cuando voy a alguno de esos sacrosantos destinos que tiene ‘el negocio’ —y va entrecomillado porque hoy ‘el negocio’ es la trama y el personaje principal es la Academia de Televisión, la de aquí, la de los Emmy—. Bienvenidos a la máquina del tiempo.
El primer sacrosanto destino al que me llevó el DeLorean en este 72-hour trip fue el Chateau Marmont. Lo que quiere decir NOBLEZA en Hollywood —sí, con mayúsculas y en negrita—. El hotel lleva en Sunset desde 1929 y alojó a TODOS los grandes de otras épocas —los Grant, Wilder, Gable, Harlow, Monroe, Morrison, Baez, Stones, Zeppelin, etc., etc.—. En una frase: ‘el hotel de los galácticos’ desde que Hollywood es Hollywood.
Por supuesto no cruzas la puerta del Chateau si no estás alojado o vas a ver a un huésped. Para reservar una mesa tienes que estar en una de esas listas que nadie sabe quién hace, pero que son reales. Y ni se te ocurra sacar el teléfono y empezar a hacerte selfies; seguro que te detienen. Aquí murió Belushi de sobredosis después de un fiestón con De Niro y Robin Williams. Helmut Newton también murió aquí, pero estrellado contra la fachada —el fotógrafo, al igual que Billy Wilder, vivía en el Chateau—. Estamos hablando de uno de esos hoteles donde desde 1929 en la cocina te hacen lo que quieras, a la hora que quieras, con los mejores productos y chefs del planeta y con el grado más alto de discreción que puede ofrecer esta ciudad. O al menos así era.
Yo frecuenté el Chateau en mis 15 minutos de fama jolibudiense —que duraron como un par de años y gracias a los cuales aún estoy en esas listas—. Lo frecuenté no para alojarme, sino para convencer de las bondades de mis propuestas creativas a galácticos above and below the line. La cláusula de confidencialidad debe estar caducada, pero hoy no es el día de contar qué y a quién, sorry. Volvamos a las 72 horas: para cuando el DeLorean estaba parando en el escondido y casi inaccesible driveway del hotel, yo ya estaba en otra época, en esa que describía en la primera entrega de Beverly Hills Adjacent, cuando llegué a Los Ángeles y Hollywood aún era Hollywood.
Creo que al menos hacía cinco años que no cruzaba esa puerta, y la verdad es que me encantó volver a tener esa sensación ‘Marmont’. El sitio es mágico, como el Uber-DeLorean. Realmente estaba en otra época. Mis sentidos estaban de subidón absoluto. Cada uno de esos químicos de la felicidad que navegan nuestras neuronas estaba de fiesta, hasta que pedimos el desayuno, bueno, hasta que el —handsome se queda corto: un tío buenísimo—, bueno, hasta que el camarero le dijo a mi invitada algo como ‘no, ya no hacemos nada aquí, el zumo es embotellado y lo traen de fuera’. Shock. Cut to: se-acabó-la-fiesta-de-endorfinas-y-el-viaje-en-el-tiempo. Holy s**t! En el Chateau ya no hacen ni un zumo de naranja. A big WTF this time. Lo que es seguro es que ya no se cierran los negocios que se cerraban entre estas paredes. Queda el envoltorio, nada más.
Ese es el problema de los viajes en el tiempo en esta ciudad: las cosas ‘parecen’ pero no son. Lo del Chateau era un desayuno de esos de estar súper pilas a las 8 de la mañana, que terminó en una hora y que me dejó tocado. Si ya ni el Marmont es lo que era, miedo me da pensar en el resto.
El siguiente recorrido en el DeLorean también tiene que ver con Sunset, esta vez con el Strip, y por supuesto me llevó a finales de los 80, cuando los Guns N’ Roses reinaban en el caos del bulevar del atardecer —justo antes de que se convirtieran en una de las marcas más rentables de la historia del rock—. El Sunset Strip de mediados de los ochenta era una mezcla entre casas discográficas, agencias de casting, burdeles, feria de empleo en la calle y zoológico humano. Todo concentrado en poco más de dos kilómetros. Los sitios míticos como el Whisky a Go Go, The Roxy o el Troubadour eran los hunting grounds de los buscapelotazos de Jolibud. Una vez situados en el contexto temporal, el DeLorean y el azar me llevan a un estadio gigantesco —The Rose Bowl— donde veo a Guns N’ Roses actuar en vivo con Ice Cube de telonero y Dr. Dre como invitado sorpresa —tal como suena, compartiendo cartel—.
Os digo que lo de viajar en el tiempo no es coña en esta ciudad. Estar en esas gradas era un viaje a bit scary a otra época, pero como he dicho antes aquí las cosas ‘parecen’ pero no son. En el caso del concierto la banda no solo ‘parece’, sino que sigue siendo the s**t —like, really good— pero al Axl lo tenían que jubilar, que no pasa nada. Entre el zumo de bote del Marmont y la voz del señor Rose mis experiencias de time travel no anunciaban nada bueno, pero aun así llamé a un Uber.
La cosa se puso mejor en el siguiente trayecto. Esta vez el destino era el sacrosanto evento de la sacrosanta Academia de Televisión: la gala de los Emmy. Sí. Afirmativo. Después de tanto criticar a los dinosaurios en esta columna he vuelto otra vez a una gala de los Emmy. El azar tiene estas cosas. Igual han pasado 6 o 7 años desde la anterior. Yo sigo pagando la cuota de académico, pero los pongo de anticuados y hace tres premios que no voto. Que conste que pago porque hasta hace seventy-two hours aún me quedaba una gota de esperanza en el sentido común y en el instinto de supervivencia de la Academia, pero ya no.
Cuando mi compi de gala y yo saltamos de nuevo en el DeLorean con lo que nos pudimos poner —ella nominada a un Emmy, yo no, así que yo mucho más casual— no fue difícil ponerse en situación. El conductor de nuestra time machine es un experto en muchas cosas, entre ellas literatura fantástica y ‘grimdark’ which means ‘ficción especulativa violenta y moralmente gris’ —ahí queda la definición del género—. Bueno, pues este señor se soltó a hablar porque mi amiga nominada lo estaba por ‘A Knight of the Seven Kingdoms’, y yo creo que al piloto del DeLorean le dio subidón. Hasta ahí el contexto. Cuesta como 20 minutos llegar desde mi rincón adjacent to Beverly Hills al Peacock Theater. Cuando nos bajamos y nos recibieron en el acceso, mis químicos cerebrales empezaron la rave, la máquina del tiempo y el McFly que la pilotaban habían hecho efecto y pensé ‘mira, igual esto aún es una noche de Emmy como las de antes’. Iluso.
Os lo resumo rápido. En toda mi experiencia en award shows un nominado —bueno, ningún asistente— ha tenido que pagar por una consumición. En los Emmy de 2026 se pagan las copas. Así como suena. A los diez segundos de entrar en el lobby the rave in my brain fue suspendida. A partir de pagar las copas el viaje en el tiempo se tornó en la visita a un zoo prehistórico.
Os ahorro las casi tres horas y os dejo el marcador. Así eran las cosas antes de que llegara esto que llaman disruption: nada de Uber, te enviaban uno de esos SUV gigantescos; en el lobby había al menos seis barras, camareros con bandejas y las copas que te pudieras tomar. Ahora, durante la extinción: una barra, una cola y la tarjeta de crédito. Antes: un ‘espectáculo’ que, con todos sus defectos, celebraba el presente de la televisión. Ahora: los dinosaurios se enfrentan al calor, la masificación, las colas para la foto, para el baño y para el alcohol; los estilismos ni os cuento, del siglo pasado; la escaleta de diez años antes del siglo pasado; las presentaciones, vídeos y música atrapados en un loop noventero. Cuando por fin acaba la cosa —con el culo dolorido y mi amiga sin Emmy— cruzamos al Governors Gala —así se llama la fiesta oficial— y la máquina del tiempo nos jugó la última broma. Los dinosaurios consiguieron que echara de menos las fiestas de fin de rodaje de Gran Hermano —y estoy hablando del 2000 o 2001—. Mis 72 horas de viaje en el tiempo terminaron pagándome el Uber de vuelta y pensando en la realidad paralela en que vive Hollywood. Me recuerdan a su presidente.



